A Nacional le sirvió el empate y está a dos partidos de ser campeón

Nacional
En un partido en el que los máximos exponentes del fútbol uruguayo mostraron muy poco, decretando un magro empate con sabor a poco, se fue el clásico capitalino por la decimotercera fecha del torneo apertura.

Manejó la pelota, tuvo el control del partido durante los 90 minutos y mostró un amplio repertorio de variables para sustentar su propuesta ofensiva. Los conceptos y la profundidad del plantel le dieron a Nacional un empate (1-1) con sabor a triunfo ante Peñarol para mantener, a dos fechas del final del Apertura, dos puntos de ventaja en la cima de la tabla.

Sabor a triunfo no solo por empatarlo de atrás cuando el rival había sacado una ventaja excesiva dada la economía de sus recursos, sino también por las formas, por el trámite que tuvo el partido.

Porque Nacional fue mucho más. De principio a fin. Le servía el empate, especular con los factores reloj y desesperación rival, pero jugó sus cartas a ganador.

Primero desde la integración del equipo donde Alexander Medina resignó a un hombre clásico como Sebastián Fernández para tener conducción central con Tabaré Viudez y profundidad con Matías Zunino por la banda derecha.

También advirtió que un doble cinco conformado, como ante Boston River, con Diego Arismendi y Christian Oliva, le podía bajar las revoluciones. Entonces mandó al Mama al banco y optó por la intensidad que le imprime al equipo Santiago Romero desde el mediocampo.

Y a la hora de jugar asfixió a Peñarol con una presión en tres cuartos de cancha que frenó lo mejor que tiene el aurinegro, ese impulso frenético para pasar al ataque tanto por banda –Fabián Estoyanoff-Agustín Canobbio– como por el callejón central con el Cebolla Rodríguez.

Se alternaron Romero y Oliva para salir a buscar al Cebolla y las pocas veces que Peñarol pudo saltear la presión rival, jugó en largo para la velocidad de Fidel Martínez encontrándose con un Guzmán Corujo que jugó un partido notable. Seguro, concentrado y 100% eficaz.

Además, el aurinegro cayó cinco veces en posición adelantada, la mayor parte de ellas por parte del ecuatoriano, quien no justificó su titularidad.




Fruto de su presión, Nacional se adueñó de la pelota
–porque Oliva le dio una circulación prolija y virtuosa–y generó la jugada más clara del primer tiempo cuando Jorge Fucile recuperó sobre Canobbio e hilvanó una gran jugada con Gonzalo Bergessio que definió afuera.

Con la tenencia del balón y el estricto control sobre el potencial rival, Nacional se plantó en campo rival aunque no generó más peligro que esa jugada inicial de Fucile-Bergessio.

¿La razón? No logró establecer superioridad numérica por afuera. Los laterales se soltaron poco y nada en ataque, jamás funcionó Zunino como socio de un Viudez activo, participativo y generoso desde el esfuerzo y Carlos De Pena solo se preocupó por controlar la subida de Guillermo Varela –lo hizo muy bien– pero resignó al mismo tiempo sus posibilidades ofensivas.

Guzmán Pereira desconectó juego en forma permanente por el medio y cuando el tricolor abrió la cancha y sacó centros, o cuando filtró pases por el callejón central, se encontró con un Fabricio Formiliano enorme.

En el arranque del segundo tiempo, los albos subieron un cambio y en tres minutos generaron tres situaciones claras (un remate de Dawson, una diagonal de Zunino y un cabezazo de Bergessio), pero fue Peñarol el que, increíblemente, se puso en ventaja.

Sacó petróleo de una falta evitable de Diego Polenta sobre Estoyanoff al borde del área. La apretó abajo el Cebolla, la barrera saltó y Conde no pudo hacer nada ante el potente remate.

Pero Peñarol no podía sostener su ventaja. Porque nunca tuvo el cómo (el concepto) para llevarse el triunfo. Jugó compulsivamente en largo desde el fondo (y ahora no lo tiene a Lucas Viatri), nunca encontró la pelota (porque sufre la ausencia de Walter Gargano) y tuvo a sus delanteros divorciados del resto (porque la seguidilla de partidos le retaceó intensidad a su juego).

Y apurado por las circunstancias Medina echó manos a sus variantes. Esas variantes por las que trabajó inteligentemente armando dos equipos distintos en el arranque de Apertura y Libertadores. Así sumó recambio, alimentó con rodaje y motivación a todo el plantel para luego aprovechar el mejor momento de cada individualidad.

Entonces, cuando entró Sebastián Rodríguez y el 4-2-3-1 mutó a 4-3-3, la tenencia se hizo más fina en los últimos metros de la cancha y cuando De Pena le dejó el lugar a Gonzalo Bueno, el tricolor fue más incisivo en el ataque.

Y el empate cayó por su propio peso. Con un envió a espaldas de Lucas Hernández –bastante permeable toda la tarde– que Viudez le bajó a Bergessio y que Bueno empujó tras una atajada notable de Kevin Dawson.

A Peñarol no se le cayó una idea en los minutos finales pero igual dio un paso al frente para intentar el milagro.

Quedó expuesto al contragolpe tricolor y no fue capaz de generar situación alguna para llevárselo.

Nacional atendió a la ventaja en la tabla en el tramo final, pero con sus contragolpes estuvo más cerca de ganarlo. Igual el empate fue como un triunfo. El triunfo del concepto y la profundidad.

Fuente: Referí



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Tecnólogo en Informática, Diseñador Gráfico, Community Manager y Estudiante de Ciencias de la Comunicación. Fundador de portal Todo Deportes dedicado a las noticias mas relevantes en cada disciplina nacional e internacional.